martes, 3 de junio de 2014

Me marchité para no marcharme.

Es como la antesala de algo maravilloso.
Después de haber esperado tanto tiempo,  llegó. Llegó con todo lo que había pedido, justo cuando, justo cómo y justo dónde.
He de mencionar, que, al parecer,  fue una espera mutua.
Decidimos entonces que, iriamos a paso lento. Conociéndonos y reconociendonos. Dandole tiempo al tiempo...
Ahora, pasadas algunas semanas, preferiría marcharme para no marchitarme. Eso porque de pronto no entiendo o lo sobre entiendo todo.
Todavía no distingo entre los límites del tiempo y del espacio. Todavía no distingo lo normal de lo anormal cuando de pocas palabras hablamos. Cuando después de sabernos diario, a toda hora, nos empezamos a saber menos y recordar otro poco menos. ¿O tal vez todo se queda en los límites propios?
Tal vez mientras más lento el pasó tratamos que fuera, más rápido fuimos.

O tal vez, solo estoy equivocandome otra vez, mientras nada pasa.