miércoles, 24 de octubre de 2012

Esas fiestas.

Tengo ganas de ir a una de esas fiestas que organizaba mi familia paterna. Esas fiestas motivadas por los XV años de alguna prima, el bautizo del bebé de la tía que se embarazó bien joven o por la boda de alguien.
 Esas fiestas que se hacían en un salón, que empezaban a las 8:00 p.m. y que apestaban a humo de cigarro y a alcohol. Que sabían a mole con pollo, a refresco de limón y a pastel. Que sonaban a salsa, a merengue, a vals o a payaso de rodeo. Viborita de la mar, de la mar, dependiendo de la ocasión. Esas fiestas llenas de niños chiquitos que corren por todo el salón como animales en pleno campo, tronando globos. Típicos globos azules, rosas, blancos, amarrados en un hilo, adornando el perímetro del salón. Las mesas cubiertas por manteles semi blancos, percudidos, porque son rentados y quienes los rentaron primero los llenaron de salsa roja, verde, de pastel, de mole, de refresco. Sillas plegables, color negro, con el logotipo de la cervecera patrocinadora. ¡Los recuerditos que odiamos tanto en casa! Si, esos servilleteros con encaje y con la leyenda a penas legible: Mis XV años. Mi bautizo. Mi primera comunión. Los saleritos, las muñequitas de porcelana, los ''pomos''.
La tía que se lleva como mil bolsas llenas de todo eso. Además del ''itacate'' para los familiares que no pudieron asistir. O los huesitos de pollo para el perro. O el gato.
Fiestas que terminaban a las 3:00 a.m. y que propiciaban tu regreso a casa en taxi. Muriendote de sueño ya. Con dolor de piernas por tanto bailar, con un zumbido en los oidos por el volumen altísimo al que estaba la música. Con una panza enorme por tragar tanto pastel. Regresar a casa con la bolsita de dulces si era una fiesta infantil o con la morralla, que te ganaste en el volado del bautizo, en la bolsa del pantalon o del vestido.
Unas semanas después, ver el vídeo o las fotos de la misa y de la fiesta. Carcajearte un poco porque el festejado se tropezó en el altar de la iglesia o que si lo aventaron a la hora de morder el pastel y lloró. Poquito, pero lloró. 

Esas fiestas, dónde la familia convivía. A su manera, pero lo hacía. Y lo sigue haciendo, pero sin nosotros. O nosotros sin ellos. Era bonito.

martes, 23 de octubre de 2012

Bolita de papel.

Para nada quiero parecer dramática, pero se me da muy bien. Un drama barato, pero drama al fin.
Y bien, aparentemente puedo hacer como que nada pasó y que todo está bien. Realmente lo está.
¿Por qué habrían de estar mal las cosas? Es que ¡carajo! siento que ''nada más no puedo ver la mía''.
De un tiempo para acá nada me tiene satisfecha.
Mi recámara está hecha, de vez en cuando, un desmadre. Y mi vida también.
Una que otra cosa fuera de su lugar, a medias. Sitio propicio para el desquicie total. En serio.
Que si hace frío, que si hace calor. Que si quiero ir a la escuela, que si no. Que se me hace tarde para ir a la escuela y prometo que no volverá a pasar. Que quiero gastar exactamente 51 pesos a la semana para ahorrar los 49 que me sobran del presupuesto semanal, pero a la más mínima tentación chocolatera, fritanguera y papitera me gasto lo que no y termino sin dinero y sin ilusiones. Que si ya no hay libros en la biblioteca que me urge leer. Que es lunes, martes o viernes. Que pretendo despertarme temprano todos los días y pasa todo lo contrario. Que duermo hasta tarde para amanecer con una tremenda cefalea, o una tremenda lumbalgia. Amanecer sin hambre de nada. De absolutamente nada. Pero... ¿Qué se le va a hacer a todo eso? Quizás escribirlo en tinta azul,  sobre una hojita de papel cuadriculado, después hacerla bolita y proceder a aventarla por la ventana. Aventarla y que le caiga a alguien en el ojo derecho y que le deje un moretón. Enterarte del suceso y soltar una sonora carcajada. Jajajear tantito. Disculparse otro tantito y prometer que la próxima vez no aventarás una bolita de papel llena de todos tus lamentos. La próxima vez aventarás un cuaderno y se le clavará a alguien en el cachete el espiral. Volver a pedir tantitas disculpas y prometer que  la próxima ocasión no aventarás ni una bolita de papel llena de lamentos y mucho menos el cuaderno entero. Ahora si no aventarás nada. Y así que chiste tiene la vida.