Después de marcharme, él y yo seguimos en contacto.
Cada semana, el buzón contenía 2 cartas suyas, regularmente llegaban
los días lunes y jueves, rara vez llegaban los sábados. Al día siguiente, enviaba
su respectiva respuesta. Procuraba llevarla a la oficina de correos antes de las
12:00 para que le llegara al día siguiente. Me alegraba que, a pesar de que estabamos
lejos, uno sabía del otro lo suficiente. Quizás no nos decíamos todo, pero siempre era
lo más esencial. Sin percatarme de ello, pasaron algunos meses, para ser exacta, tres.
Cartas iban, cartas venían, en ellas: risas, bromas, algunos sueños, varías pesadillas,
dilemas, tonterías, fotos, canciones, simples pero entrañables saludos y unos que
otros "besos y abrazos de papel".
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